Columnista

La doctrina de Jesús sobre la mujer cambia la historia

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Mujeres víctimas de la filosofía de usar y tirar, obligadas a vender la dignidad por un puesto de trabajo, obligadas a prostituirse en la calle, propuestas como objeto del deseo en los periódicos, en televisión e incluso en los supermercados para colocar un producto.

El sistema de pisotear a la mujer, porque es mujer, y de no considerarla una persona está bajo los ojos de todos; y enseñaría mucho un peregrinaje nocturno por las calles de la ciudad donde a las chicas se les pregunta solo: ¿Cuánto cuestas?

El Señor parece fuerte, también radical, cuando dice: “Quien mira a una mujer con el corazón posesivo, con el corazón sucio es un adúltero” y después “quien repudia a la mujer, la deja sola, la arroja al mercado del adulterio”.

Estas palabras, fueron dichas en una cultura en la cual la mujer era de “segunda clase” —por decirlo con un eufemismo— ni siquiera de segunda, era esclava, no gozaba ni siquiera de la plena libertad. Las de Jesús son palabras fuertes, palabras que cambian la historia.

La doctrina de Jesús sobre la mujer cambia la historia. Y así una cosa es la mujer antes de Jesús, otra después de Jesús. Jesús dignifica a la mujer y la pone al mismo nivel que el hombre, porque toma aquella primera palabra del Creador: los dos son imagen y semejanza de Dios, los dos: no primero el hombre y después, un poco más abajo, la mujer; no; los dos.

Tanto que el hombre solo, sin la mujer al lado, tanto como madre, como hermana, como esposa, como compañera de trabajo, como amiga, no es imagen de Dios.

Cualquiera que mire a una mujer para desearla ya ha cometido adulterio con ella en el propio corazón. Esta palabra es muy actual, porque en los programas televisivos, en las revistas, en los diarios, se dejan ver las mujeres como un objeto del deseo, de uso, como una parte del supermercado: esto se puede comprar, esto se puede usar.

De tal modo, añadió, las mujeres son objeto y para vender, tal vez, un tipo especial de tomates se usa a una mujer, allí, como objeto del deseo: humillada, sin ropa, porque la mujer se ha convertido, también hoy, en un objeto de uso.

Y esa enseñanza de Jesús, que dignificó a la mujer y nos hizo recordar que con el hombre eran imagen y semejanza de Dios, con el tiempo cae otra vez.

Hay ciudades, culturas, países donde las mujeres todavía son esclavas, no pueden hacer esto, no pueden hacer lo otro. Aunque no hay que ir muy lejos: permanezcamos aquí, donde nosotros vivimos, miremos la televisión y las mujeres todavía son objeto de uso; peor, son objeto de esa filosofía de usar y tirar.

Rechazar a la mujer es un pecado contra Dios creador porque sin ellas nosotros hombres no podemos ser imagen y semejanza de Dios.

Hoy hay un ensañamiento contra la mujer, un ensañamiento feo, incluso latente. A muchas mujeres, muchos migrantes, muchos no migrantes, explotados, como en un mercado los hombres se acercan no para decir “buenas tardes”, sino para preguntar: “¿cuánto cuestas?”, y lavamos nuestra conciencia ante esto diciendo que son prostitutas.

Mujeres piensen en estas hermanas, son mujeres como ustedes, rechazadas, como si estuvieran sucias, pero antes usadas. Verlas nos enseñaría a mirar y luego decir: Soy libre, yo, mujer, soy libre y estos son esclavos, esclavizados por este pensamiento del descarte”.

¿Cuántos de ustedes rezan por mujeres descartadas, por mujeres usadas, por niñas que tienen que vender su dignidad para conseguir un trabajo?

Jesús tuvo una madre y tuvo muchas amigas que lo siguieron para ayudarlo en su ministerio, para sostenerlo. Además, Jesús encontró a muchas mujeres despreciadas, marginadas, descartadas: y con cuánta ternura, con cuánto amor las alivió, les dio de nuevo la dignidad.

Con este espíritu, recemos por todas las mujeres y hagamos como Jesús: tratémoslas como lo que falta a todos los hombres para ser imagen y semejanza de Dios.

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