Columnista

La verdad está en el silencio

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Pidamos a Dios la gracia de discernir cuándo debemos hablar y cuándo debemos callar, y esto en toda la vida: en el trabajo, en casa, en la sociedad. Así seremos más imitadores de Jesús.

Esto nos hace reflexionar sobre la forma de actuar en la vida cotidiana, cuando hay malentendidos, discusiones. Nos hace entender cómo el padre de la mentira, el acusador, el diablo, actúa para destruir la unidad de una familia, de un pueblo.
Cuántas veces en las familias empiezan las discusiones sobre la política, el deporte, el dinero y una vez y otra, y esas familias terminan destruidas, en estas discusiones en las cuales se ve que el diablo está ahí que quiere destruir.

Silencio, es la sugerencia, decir lo suyo y después callar. Porque la verdad es mansa, la verdad es silenciosa, la verdad no es ruidosa. No es fácil lo que ha hecho Jesús; pero está la dignidad del cristiano que está anclada en la fuerza de Dios.

Con las personas que no tienen buena voluntad, con las personas que buscan solamente el escándalo, que buscan solamente la división, que buscan solamente la destrucción, también en las familias: silencio y oración; y será el Señor, después, quien gane.

Pidamos la gracia de discernir cuando debemos hablar y cuándo debemos callar, y esto en toda la vida: en el trabajo, en casa, en la sociedad, en toda la vida. Así seremos más imitadores de Jesús.

Por otra parte es grave la actitud de quien recurre al insulto: es un auténtico ‘homicidio’ con el que intentamos arrollar y cancelar la voz y la dignidad de los demás, como si fuera también el tráfico de hora pico.

El Señor usa un ejemplo muy claro, un ejemplo de todos los días: “Ponte enseguida de acuerdo con tu adversario mientras estás en camino con él, para que el adversario no te entregue al juez y el juez a la guardia y termines lanzado a prisión”. Es un principio de sabiduría humana: es mejor siempre un mal acuerdo que un buen juicio.

Llegar al juicio es el último paso, porque es una cosa de la que no se vuelve atrás; es hacer definitivo un comportamiento de enemistad, incluso de guerra.

El Señor dice: el insulto no termina en sí mismo; el insulto es una puerta que se abre, es empezar un camino que terminará matando, porque el insulto es el inicio del matar, es un descalificar al otro, quitar el derecho de ser respetable, es apartarlo, es matarlo de la sociedad.

Estamos habituados a respirar el aire de los insultos, es suficiente conducir el coche durante la hora pico: allí hay un carnaval de insultos y la gente es creativa para insultar, pero el insulto separa, rompe la comunidad y mata al otro.

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