Columnista

Las dictaduras manipulan la comunicación

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Un sistema que ha sido aplicado también a las dictaduras del siglo pasado, como confirma el horror de la persecución contra los judíos. Pero que encontramos todavía hoy en muchos países, como también en la vida de cada día.
Para su reflexión, la historia de Nabot es conmovedora: es la historia de un mártir, mártir de la fidelidad a la herencia que había recibido de sus padres, y la herencia no se vende: esta era la convicción de Nabot. Porque la herencia está más allá de esa viña, era una herencia del corazón.

Pero esta historia es también paradigmática en la forma de proceder de tanta gente, de tantos jefes de Estado o de gobierno que comunican una mentira, una calumnia y, después de haber destruido tanto a una persona como una situación con esa calumnia, juzgan esa destrucción y condenan.

También hoy, en muchos países se usa este método: destruir la libre comunicación. Por ejemplo, pensemos, hay una ley para los medios de comunicación, se cancela esta ley; se da todo el sistema de la comunicación a una empresa, a una sociedad que calumnia, dice falsedades, lo que debilita la vida democrática.

Después vienen los jueces a juzgar a estas instituciones debilitadas, estas personas destruidas, condenan, y así va adelante una dictadura.

Por el resto, las dictaduras, todas, han empezado así, adulterando la comunicación, para poner la comunicación en las manos de una persona sin escrúpulos, de un gobierno sin escrúpulos.

Pero también en la vida cotidiana es así. Tanto que si yo quiero destruir a una persona, empiezo con la comunicación: hablar mal, calumniar, contar escándalos. Además de todo, comunicar escándalos es un hecho que tiene una seducción enorme. Las buenas noticias no son seductoras: Sí, ¡pero qué bonito que ha hecho!. Y la noticia pasa inmediatamente.

Sin embargo, frente a un escándalo, la reacción es: ¡Pero has visto!, ¡Has visto esto!, ¿Has visto ese otro qué ha hecho?, ¡Esta situación no puede, no se puede ir adelante así!.

De esta manera la comunicación crece y esa persona, esa institución, ese país termina en la ruina.

Haciendo esto, no se juzgan al final las personas, se juzgan las ruinas de las personas y de las instituciones, porque no pueden defenderse.

Así hemos visto a muchas personas destruidas por una comunicación malvada, muchos países destruidos por dictaduras malvadas y calumniosas: pensemos, por ejemplo, en las dictaduras del siglo pasado. En particular pensemos en la persecución de los judíos: una comunicación calumniosa contra los judíos y terminaban en Auschwitz porque no merecían vivir.

Y esto es un horror, pero un horror que sucede hoy: en las pequeñas sociedades, en las personas y en muchos países.

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