Guía para entender la importancia de la sororidad

Hemos escuchado en múltiples ocasiones la palabra “sororidad”, que no es otra cosa que la importancia de construir lazos fraternales y de solidaridad entre mujeres.

El término tiene los inicios en su uso, gracias a Miguel Unamundo, un escritor argentino, que en sus reflexiones y escritos referentes a grandes obras literarias vio la necesidad de incluir un vocablo que expresara la hermandad femenina. Pero solo en 2018 se incluyó oficialmente en la RAE.

La investigadora y antropóloga mexicana Marcela Lagarde, quien representa el feminismo latinoamericano en los que los expertos llaman la “tercera ola”, o el movimiento más contemporáneo que viene desde 1990, le da una perspectiva distinta al concepto, que va más allá del apoyo mutuo, ella propone un pacto político que tenga como objetivo la lucha por los derechos de la mujer y la disminución de todo tipo de violencias.

Legarde define entonces: “una forma cómplice de actuar entre mujeres, una propuesta política para que todas se alíen, trabajen juntas y encabecen los movimientos que propenden el desarrollo”.

Desde este escenario te destacamos unos aspectos para que incorpores en tus reflexiones:

  • Feminismo sororo: fortalecer la alianza entre mujeres, por eso la directora del Centro de Estudios de Género de la UNED, Teresa San Segundo, la define como “solidaridad entre mujeres, una empatía y un acercamiento hacia otras mujeres” y para la escritora y defensora de los derechos de las mujeres Leslie Morgan es una “hermandad de mujeres que te ayudan”.
  • No a la competencia entre nosotras: para la filósofa Clara Serra, “los hombres con poder están más tranquilos cuando nos estamos peleando entre nosotras”. Las mujeres somos duras entre nosotras mismas y eso no has hecho débiles ante la opresión.
  • No juzgarnos: los estándares de belleza y de comportamiento fueron impuesto por el patriarcado, pero reforzado por las matriarcas. Nos criaron con prejuicios y poca infrmación sobre nuestra valía en la sociedad. Nos redujeron a ser mades, cuidadoras y proveedoras de placer para el hombre. No nos juzguemos la una a la otra, no en lo físico ni en lo comportamental.
  • No luchemos entre nosotras:  por un hombre, una causa o ideología, la mejor forma no dar y escuchar argumentos con respeto, pero nunca generar un conflicto de poderes. Entre más nos desgastemos, más espacio damos para dividirnos y quedar vulnerables. Necesitamos la una de la otra.
  • No amplificar: Evitemos reproducir ideas y juicios sobre nosotras, en los que resaltemos nuestras debilidades, dramas, histéricas, o señalemos alguna situación ‘hormonal’, como si esto fuera un estigma.
  • La violencia no tiene justificación:  nuestras madres y abuelas nos criaron con preceptos que somos nosotras las que provocamos que los hombres nos ultrajen. No es así, es reprochable cualquier tipo de violencia: física, psicológica, económica, emocional. No es tu deber contener, educar, entender o soportar a una persona que no tiene dominio propio y que acude a la violencia para imponer su voluntad. No eres la del problema, pero si no denuncias y te alejas, te haces cómplice del mismo.
  • Red de amigas: establezcamos una red de seguridad con nuestras amigas, mantengámonos en comunicación, estemos al pendiente de nuestras ubicaciones y tengamos planes de contingencia.
  • No somos enemigas: rompamos con el hábito de generar o extender rumores o comentarios mal intencionados. No propaguemos el odio entre nosotras, no consintamos las conversaciones venenosas que destruyan a nuestras pares.
  • Seamos generosas: ser amables con las demás, es de vital importancia en estos procesos. Las palabras de afirmación, de comprensión y consejo, son un ancla para forjar los cercos de ayudas.  
  • Cuidémonos: en nuestras reuniones llevemos temas de autocuidado en cualquier área. Esa información es más fácil de seguir que la dada por un experto, porque existe la confianza.

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