El cuerpo de la madre

Por: Leisa Puentes

El concepto antropológico y teológico más ancestral del cuerpo de la madre se limita a asociarlo a la entrega total “en cuerpo y alma” a su familia, criando, cuidando, atendiendo, administrando, resolviendo, comprendiendo, etc., como lo citó el filósofo oscurantista Joseph de Maistre: “No inventaron el álgebra ni los telescopios, pero hacen algo más grande que todo eso, en sus regazos se forma lo más excelente que hay en el mundo”.

Esta mezcla de exaltación y desprecio por el ser mujer, las pone en un pedestal como un ángel asexuado o señala la inferioridad y la enajenación de su propio cuerpo.

Se espera de la buena madre que, si es necesario, renuncie a sí misma, que priorice el futuro de los demás, que sus asuntos personales de ninguna manera denoten ausencia de atención al hogar, que oculte lo que siente para no producir tristeza ni incomodidad, que no grite, que se controle, que sienta culpa cuando cree que le debe tiempo a su familia y que asuma la responsabilidad de la crianza.

El cuerpo que gesta, que pare y que amamanta, el cuerpo disponible que provee placer, aquel que resiste altruistamente el cansancio de su dualidad laboral y que como puede le hace el quite al paso del tiempo, el cuerpo que funciona incansablemente sin remuneración, aunque todo lo que hace se constituya como trabajo.

¿No fue la madre primero una mujer? ¿Dónde queda la sexualidad de ella? ¿Es acaso su placer una concesión de la magnificencia de su compañero? Ese cuerpo de mujer siente deseo o al menos lo sentía antes de que empezara a asociar sexo con aburrimiento. Es un cuerpo capaz de emanar erotismo a cualquier edad, desnudo es ser inspirador.

El cuerpo de la mujer tiene matices mágicos, no hablando de dar vida para no caer en lo mismo, su sexualidad es la que es especial, orgasmos múltiples, eyaculación femenina, riqueza de zona erógenas. ¿Por qué desperdiciarla?

El cuerpo de madre merece aún más el placer, merece que sus necesidades sexuales sean una prioridad, espacios de autoexploración sin complejos, merece respeto, admiración y deseo porque no faltaba más que tanta entrega no incluya como retribución a ese derecho al placer.

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