Columnista

La verdadera Batalla de Cúcuta

Fotografía: elcomercio.pe

Para nadie es un secreto que muchos estaban esperando cambios políticos en Venezuela que llevaran finalmente a las nuevas posibilidades financieras y de negocios que añoran los nortesantandereanos que por años han vivido del intercambio formal e informal con el vecino país. El apelativo de dinamismo como ejemplo suramericano, parece una burla al orgullo y la lección no aprendida de la no dependencia.

El apelativo de dinamismo como ejemplo suramericano, parece una burla al orgullo y la lección no aprendida de la no dependencia. El boom petrolero acabó con el interés de fomentar el ferrocarril en la primera mitad del siglo XX, a tal punto que lo dejaron morir.

Resultaba más interesante traer las cargas por carretera o avión o sencillamente ir a trabajar a Eldorado Venezolano creando el primer éxodo de migrantes que mandaban sus rendimientos a Cúcuta o hacían vida allá. Los gobiernos de Colombia desde entonces siempre vieron una frontera que se defendía, autosuficiente y con escasa vocación de tributar, gracias a las alternativas de tener propiedades y vehículos a tan solo 10 minutos.

La situación era tan buena que muchos se nacionalizaron en Venezuela y portaban las dos cédulas a conveniencia. Fue un modo de vivir y ver las cosas desde una doble perspectiva de acomodo y acumulación de riqueza, bajo el máximo principio liberal económico; con el mínimo de esfuerzo la máxima ganancia. Esto se acompañó de vicios y prácticas ilegales como importaciones ficticias que acabaron poco a poco con la confianza de un mercado que pese al desangre económico seguía siendo productivo.

A menor escala el contrabando permitido hizo del habitante de frontera un batallador conformista del día a día. Bastaba con pasar gasolina, alimentos, licores, medicinas, ropa al comercio amable de Cúcuta, aquel de las carretas, el de los puestos esporádicos, que acabaron construyendo una economía entregada a la informalidad donde la clase única era la del rebusque con dividendos dignos y superiores a los indicadores que mostraban otras ciudades del interior del país.

Pobreza si existía, pero llevada con la dignidad que da el trabajo, así no fuera organizado. Más de uno vio el concierto con esperanza, más de uno quería hacer fuerza para que las ayudas pasaran, más de uno sabía que la Cúcuta del XIX podría volver, hoy se enfrenta el cucuteño nuevamente a una situación que diplomáticamente no evoluciona y militarmente es todo un enigma.

Fotografía: EFE Mauricio Dueñas Castañeda
Fotografía: EFE Mauricio Dueñas Castañeda

Venezuela siempre debió ser el plan B, hoy más que nunca con los vientos de cambio se convierte en una cortina de humo, otra vez en ese plan A, que frena la planeación, la ciencia y tecnología a desarrollar, la industria turística que parece ser la de mayor perspectiva.

Los índices de competitividad no mienten, el departamento y la ciudad piden inversiones para que los cucuteños den la verdadera Batalla por la independencia económica y no estemos esperando cómo nos repartimos la ayuda que Venezuela no quiere recibir.

Hasta hora la batalla no la estamos ganando, que prime la razón y no el corazón, ya cambiarán las cosas en Venezuela, mientras tanto Cúcuta y el Departamento necesita su reingeniería total para tener mejores oportunidades mirando otros mercados.

Por:  Edgar Allan Niño Prato – Comunicador Social – Politólogo

 Twitter: @AllanNio