Entre las polvorientas y empedradas calles y los balcones de madera tallada, Cúcuta vivía otro ritmo, otro tiempo. Las fotografías antiguas, en blanco y negro, nos abren una ventana a una ciudad que ya no existe, pero que aún late en la memoria de quienes la habitaron.
Ritmos antiguos
En aquellas décadas pasadas, la vida cotidiana en Cúcuta transcurría entre la sencillez y el bullicio de una ciudad en crecimiento. Las mañanas comenzaban con el canto de los gallos y el aroma del café recién colado. Los emboladores madrugaban y los vendedores ambulantes recorrían las calles con carretillas y pregones.
Autor: Armando Matiz
Las mujeres, con vestidos largos y peinados recogidos, conversaban en las puertas de sus casas, mientras los niños jugaban en las aceras, sin más tecnología que su imaginación esperando a que sus padres llegaran del trabajo.
Las familias salían a pasear por el Parque Santander, donde la Catedral de San José imponía su silueta en el horizonte, y los bancos eran lugar de tertulia y descanso.
Escenas y rituales
Autor: alemán (Hermann Fellner)
El transporte era otro reflejo de la época: coches clásicos y el ferrocarril compartían espacio con las primeras bicicletas y, más adelante, con los buses de carrocería de madera.
Los domingos eran sagrados. La misa reunía a vecinos y conocidos, y después del culto, las heladerías y cafés eran punto de encuentro. La radio era el centro del entretenimiento en casa: novelas, música y noticias mantenían informados y entretenidos a grandes y chicos.
En blanco y negro, Cúcuta era una ciudad cálida, de puertas abiertas, donde todos se conocían. En ese ritmo pausado y humano, está el alma de una ciudad que ha cambiado, pero que sigue llevando en su esencia el recuerdo de aquellos días.
Fuentes de Archivo
• Archivo General de la Nación de Colombia
• www.cucutanuestra.com
• Flickr




