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Cuando el tiempo es un balón

Cuando el tiempo es un balón: Memorias y pasión por los mundiales | Revista Activa

Para muchos de nosotros, el calendario de la vida no se mide por años, sino por mundiales de fútbol.

Mi primera evocación data de ‘España 82’. Siendo apenas era un niño, para ese entonces la fiebre del mundial no entraba por los ojos a través de una pantalla en alta definición como hoy… Me tocó a blanco y negro. Sin embargo, la verdadera pasión entraba por la devoción de llenar un álbum de láminas, una a una, como quien colecciona tesoros. Era un trueque sagrado en la escuela, una moneda de cambio donde la cara de Zico o de Rossi valía más que cualquier juguete. ¿Quién no recuerda aquellas imágenes de los jugadores, impresas en los vasos de yogur? ¡Cómo olvidar al famoso ‘Naranjito’!, esa mascota tan controversial pero tan querida.

Recuerdo que Colombia no estuvo en esta cita máxima del fútbol, por esta razón mi corazón encontró refugio en la selección de Perú. Apoyarlos fue mi primer ejercicio de identidad colectiva.

“Descubrí entonces que no necesitábamos estar físicamente en la cancha para sentir que nuestra voz, desde la sala de nuestra casa, podía empujar el balón hasta el fondo de la red, de quienes consideré mis hermanos peruanos.”

Luego llegó la alegría desbordante de Italia 90, una cita después de casi tres décadas de ausencia, y aquel gol de Freddy Rincón frente a la poderosa Alemania fue, quizás, el instante en el que Colombia entera contuvo el aliento para luego estallar en un grito unísono. Mis lágrimas de felicidad, sin duda alguna, quedarán registradas en la eternidad. Fue la confirmación de que éramos parte de la mesa grande del mundo.

Pero la memoria es un álbum de luces y sombras. El fútbol también nos ha enseñado el rigor del drama, como en ‘USA 94’. Aquel mundial nos dio una lección dolorosa sobre la fragilidad y la tragedia; la partida de Andrés Escobar nos marcó a fuego, recordándonos que el fútbol es un espejo crudo de nuestra propia realidad. Aun así, la rueda siguió girando, y nos regaló ‘Francia 98’ y en un giro más largo, llegaría más tarde la magia de James Rodríguez, en ‘Brasil 2014’; un momento donde el país se fundió en un solo abrazo, olvidando cualquier distancia ideológica o social.

El nudo de esta historia no es el resultado de un partido ni la táctica de un entrenador. Es lo que sucede en nuestra memoria. Un mundial es el momento en el que el colombiano promedio baja la guardia. Es cuando la bandera en el balcón no es un símbolo político, sino un escudo de pertenencia.

El mundial es ese espacio sagrado donde los recuerdos se construyen en colectivo. Son las abuelas sufriendo por un tiro libre, los padres enseñando a los hijos la alineación titular, y la risa compartida en una oficina que se detiene por 90 minutos.

Dejemos que el balón ruede y, con él, nuestra capacidad de asombro. Olvidemos las diferencias y regalémonos el permiso de ser felices, aunque sea por un mes, porque esa alegría, al final del día, es el combustible que nos mantiene andando.

¡Revivamos todos esos lindos recuerdos y vivamos este mundial con alegría y hermandad!

Por: Carlos Patiño

Columnista invitado. Coach Deportivo con Maestría en Psicología Deportiva. Coach Ontológico certificado por ICF. Autor de los libros “Un Fracaso Exitoso” y “Papá no vendes mis pies”. Formador en liderazgo a nivel empresarial y deportivo. Conferencista, motivador y speaker empresarial y deportivo. Catedrático en teología.

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