Durante años, pasamos nuestra infancia en un salón de clases. Aprendimos matemáticas, historia, ciencias e incluso un segundo idioma, tan necesario en el mundo de hoy.
Nos enseñaron el Manual de Urbanidad de Carreño, a escribir con buena ortografía y a memorizar fechas, fórmulas y conceptos que terminaríamos olvidando. Sin embargo, hubo una materia que nunca apareció en el horario. Una que, probablemente, habría cambiado más vidas que cualquiera de las anteriores.
No me refiero a la educación financiera, aunque muchos dirán que hace falta. Tampoco a la inteligencia artificial o a la programación, habilidades que la academia debería incorporar en sus programas. Hablo de algo mucho más cotidiano. Tan cotidiano que pocas veces pensamos en ello: Aprender a comunicarnos.
Expresar para no callar
Y no hablo únicamente de aprender a hablar. Hablo de ordenar nuestras ideas, formar un criterio propio, reconocer nuestras emociones y tener el valor de convertir los pensamientos en palabras, incluso cuando la voz o las piernas tiemblan. Hablo de expresar una emoción sin convertirla en rabia. De aprender a decir aquello que nos duele, defender una idea con respeto, pedir ayuda cuando la necesitamos y pronunciar un “te amo”, un “me equivoqué” o un “perdóname” antes de que el orgullo termine ganando la batalla.
Resulta curioso que dediquemos años a aprender un segundo idioma para hablar con el mundo, pero nunca el lenguaje necesario para hablar con quienes más amamos. Llegamos a la adultez con títulos universitarios, especializaciones y años de experiencia. Todavía encuentro personas de 40, 50 o incluso 60 años incapaces de expresar lo que sienten, defender aquello en lo que creen o, simplemente, pedir ayuda.
Y cuando las palabras no encuentran salida, aparecen los malentendidos, los conflictos, el silencio y, muchas veces, una vida construida desde las expectativas de los demás, simplemente porque nunca aprendimos a reconocer y expresar nuestra propia voz.
La comunicación como herramienta de vida
Hoy estoy convencida de que la comunicación nunca sería una asignatura más. Sería la herramienta que nos permitiría amar mejor, liderar mejor, resolver mejor los conflictos y, sobre todo, vivir mejor.
Quizá por eso, como comunicadora social y periodista, cada día estoy más convencida de que nuestra profesión nunca ha consistido únicamente en informar. También tiene la responsabilidad de abrir conversaciones, cuestionar certezas, despertar pensamiento crítico y acompañar a las personas a encontrar su propia voz.
Tal vez, si algún día decidiéramos enseñar a comunicarnos desde la infancia, descubriríamos que formar grandes profesionales es valioso, pero formar seres humanos capaces de pensar con criterio, expresar sus emociones y comunicarse con respeto puede transformar generaciones.


